Por Wendy Mogel, Ph.D., publicado en el número de
enero/febrero 2006 de la revista Camping Magazine; copyright
2006 American Camping Association, Inc.
Fui de campamento durante dieciséis años.
Todas esas duras tareas: campamento de día, campamento
de varios días, consejero de prácticas, consejero
principiante, consejero, consejero jefe.
En el campamento Belgian Village en Cummington, Massachusetts,
lugar de nacimiento del poeta romántico americano William
Cullen Bryant, rezábamos la oración de la tarde
en un elegante claro del bosque que se llama "la catedral
verde". Mis amigos y yo nos sentábamos junto
a la laguna durante horas atrapando ranas y fantaseando. Entre
bambalinas olía al maquillaje blanco de los payasos
y a tafetán viejo. Mientras montaba a caballo
sin silla de montar (¿Sin silla de montar? ¡Que
alguien avise al personal de urgencias!), me picó una
abeja. Me caí al suelo y me rompí la pierna,
pero me quedé allí todo el verano y aprendí a
pescar.
Una profesora de cuarto grado me dijo que puede predecir
qué niños
van a sentir nostalgia en el retiro anual de cuatro días
en plena naturaleza. "Aquellos que encuentran la
linterna, la sudadera y los calcetines en su bolsa no sienten
nostalgia. Los que no las encuentran sí sienten nostalgia". La
profesora nos explicó que el primer grupo de niños
habían empacado sus cosas ellos mismos o con la ayuda
de sus padres. Al segundo grupo de nostálgicos
se las habían empacado sus padres.
Niños, en los campamentos encontrarán todo
tipo de preciosos regalos: sentirán nostalgia, otros
campistas los tratarán mal, la comida no será de
lo mejor, tendrán frío y calor y hambre, se
lastimarán.
Por lo menos con una astilla. Por lo menos, espero que
les pasen todas estas cosas porque sino sufrirán privaciones.
De la vida. De sus espinas y sus rosas.
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