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Un renovado interés en los campamentos

Por Richard Louv
autor de Last Child in the Woods: Saving Our Children From Nature-Deficit Disorder

Los jóvenes ―aquellos lo suficientemente afortunados de haber asistido a campamentos organizados por sus escuelas o sus iglesias o que han acampado con su familia y amigos― pueden ofrecer un testimonio conmovedor sobre el poder de las experiencias en la naturaleza.  
Cuando estaba investigando Last Child in the Woods: Saving Our Children From Nature-Deficit Disorder, un niño me contó el despertar sensorial que experimentó observando una hoguera, "las llamas rojas y anaranjadas danzando en la oscuridad, el humo elevándose en el aire abrasándome los ojos y la nariz".

Los campamentos conmueven
Además de despertar los sentidos, los campamentos conmueven.

En una escuela media en San Diego, una niña describió la impresión duradera de una experiencia de campamento en la cima de la montaña Palomar en el condado de San Diego.  "Mi familia no es de las que cree en los campamentos ni en pasar tiempo al aire libre", me dijo. "La única vez que recuerdo haber vivido en plena naturaleza, al aire libre, fue en el campamento de sexto grado.  Allí, me sentí realmente cómoda, caminando por senderos sin pavimentar.  Sentí que verdaderamente formaba parte del universo".  Incluso ahora, mucho tiempo después, todavía evoca aquella época.  "A veces, sólo quiero escapar del mundo, así que vivo en la naturaleza de mis pensamientos y recuerdos".

También me impresionó la completa dedicación de las personas adultas que transmiten su capacidad de asombro frente a la naturaleza a la siguiente generación.

Como mucho educadores medioambientales, líderes de campamento y conservacionistas, Madhu Narayan, una líder de Girl Scouts en San Diego, se formó con sus propias experiencias infantiles en la naturaleza.  Tenía sólo tres meses cuando sus padres, inmigrantes recién llegados de la India, la llevaron a acampar por primera vez.  Durante los siguientes años, sus padres manejaron por todo el oeste del país, acampando por el camino.  Narayan se imagina que sus padres no tenían mucho dinero y acampar era una manera económica de ver el país que habían elegido.

"Teníamos días con un tiempo maravilloso y después llegaba la lluvia", comentaba.  En una tormenta eléctrica, el viento se llevó la tienda en la que dormían y tuvieron que dormir en el carro escuchando los gemidos y el estruendo del viento y la lluvia en el bosque.

Incluso ahora, con treinta años, Narayan tiembla al contar la historia.

Como gerente de educación al aire libre de Girl Scouts en una región de urbanización descontrolada ―que cubre los condados de Imperial y San Diego en California― Narayan quiere ofrecer a las niñas experiencias en la naturaleza, pero se enfrenta a retos sobrecogedores.   La división entre el pasado y el futuro es obvia en los campamentos de Girl Scouts en las montañas al este de San Diego:  Uno se anuncia como tradicional, con cabañas al aire libre y tiendas ocultas en los árboles; el campamento más nuevo tiene el aspecto de un pequeño suburbio residencial con farolas.

"Cuando era niña, te caías, te levantabas, sin más; aprendías a aceptar las consecuencias.  Me rompí este brazo dos veces", señala Narayan.  "Hoy, si los padres te mandan a sus hijos sin un rasguño, más vale que regresen así.  Eso es lo que esperan.  Y como persona encargada del cuidado de otras personas, tengo que respetar eso".  Incluso así, encuentra extraño e infortunado que, debido a la preocupación de los padres con la seguridad ―y el miedo a las demandas judiciales― no se permita a las niñas subirse a los árboles en los campamentos.

El debilitamiento de las relaciones naturaleza/niños
Aquí tiene la verdad más grande e inquietante: Durante muchísimo tiempo, los seres humanos han pasado una gran parte de su infancia jugando en entornos naturales.  Pero en unas pocas décadas, los niños han llegado a comprender y experimentar la naturaleza de una manera totalmente diferente a la de generaciones anteriores.

La polaridad de la relación entre la naturaleza y los niños se ha invertido.  Hoy, los niños tienen conciencia de las amenazas globales al medio ambiente, pero su contacto físico, su intimidad con la naturaleza está desapareciendo.  Es probable que un niño le pueda hablar sobre la Selva Tropical del Amazonas; e igual de probable que se vea en apuros para describir la última vez que exploró un bosque solo o que se tumbó en un campo a escuchar el viento y mirar el movimiento de las nubes.

Los académicos ―y la mayoría de nosotros― asumieron que la antigua relación entre los niños y la naturaleza continuaría para siempre.  Por lo tanto, se dejaron de hacer buenos estudios longitudinales: aquellos para comparar la cantidad de tiempo que las futuras generaciones jugarán en la naturaleza.  Sin embargo, sabemos lo que se puede observar a simple vista; sabemos dónde pasan la mayor parte del tiempo los niños.

La generación M:  los medios de comunicación en la vida de los niños entre 8-18 años, una encuesta realizada por la Kaiser Family Foundation en 2005, reveló que actualmente los niños están enchufados a algún tipo de aparato electrónico una media de cinco horas y media al día, "el equivalente a un trabajo a tiempo completo, y más tiempo del que pasan haciendo ninguna otra actividad aparte de dormir (The Henry J. Kaiser Family Foundation 2005)". 

Entretanto, el UCLA Center on Everyday Lives of Families (Centro UCLA sobre la vida diaria de las familias) informa que durante la semana, tanto padres como hijos se encuentran en movimiento constantemente, corriendo de la escuela a las prácticas, al mercado, al trabajo, y los niños americanos casi no pasan tiempo en su propio jardín.  Ese tipo de vida obviamente deja poco tiempo para actividades poco estructuradas en la naturaleza.

¿Cómo ha ocurrido este cambio tan rápidamente?

Pienso que nuestra sociedad está enseñando a los jóvenes a evitar las experiencias directas en la naturaleza.  Esa lección se enseña en las escuelas, en las familias e incluso en organizaciones dedicadas al medio ambiente y ha sido codificada en las estructuras legales y reguladoras de muchas de nuestras comunidades.  Nuestras instituciones, los diseños urbanos y suburbanos y las actitudes culturales inconscientemente asocian la naturaleza con algo fatal, mientras que desconectan el medio ambiente de la felicidad y la soledad.  Muchas parcelas de viviendas construidas en las dos o tres últimas décadas se rigen por convenios estrictos que desaconsejan o prohíben los tipos de juegos al aire libre que muchos de nosotros disfrutábamos de niños.  (Una madre de familia me comentó recientemente que su asociación de vecinos no sólo había prohibido las casas en los árboles sino que también había prohibido los dibujos de los niños en las entradas de los garajes.)

Además de todo esto, las noticias y los medios de comunicación ofrecen cobertura incesante y repetitiva de un puñado de trágicos secuestros infantiles, condicionando a los padres a creer que los raptores de niños están al acecho detrás de cada árbol.  El miedo condicionado se propaga, a pesar de que los secuestros infantiles por parte de personas extrañas son, de hecho, cada vez menos frecuentes.  En todo el país, de 200 a 300 niños fueron secuestrados por extraños en 1988, en comparación con 115 niños en 1999 (de una población de casi 273.000.000 en EE.UU. ese año).  Por un amplio margen, los miembros de la familia, no los extraños, son los secuestradores más frecuentes (Informe del Congreso 2005).

En resumen, los sistemas escolares públicos bien intencionados, los medios de comunicación y los padres están realmente atemorizando a los niños para que no se acerquen a los bosques ni campos.

Trastorno de déficit de la naturaleza
La noción postmoderna de que la realidad es sólo un constructo ―que somos lo que programamos― sugiere las infinitas posibilidades humanas. Pero a medida que los jóvenes pasan menos tiempo en entornos naturales, sus sentidos se limitan fisiológica y psicológicamente.  Esto reduce la riqueza de la experiencia humana y contribuye a una afección a la que llamo "trastorno de déficit de la naturaleza".  Quiero enfatizar que uso ese término no como diagnóstico médico, sino para que sirva como descripción del costo humano de la alienación de la naturaleza, que incluye un uso limitado de los sentidos, dificultades de atención y niveles más altos de enfermedades físicas y emocionales. Este trastorno perjudica a los niños; también forma a personas adultas, familias, comunidades enteras y el mismo futuro de la naturaleza.

Ese es el lado negativo de la historia.  Sin embargo, nuevos y estimulantes estudios nos muestran los beneficios ―biológicos, cognitivos y espirituales― cuando conectamos con la naturaleza.  El déficit es sólo una cara de la moneda; la otra cara es la abundancia natural.   Analizando las consecuencias del trastorno, podemos ser más conscientes de lo dichosos que nuestros niños pueden ser ―a nivel biológico, cognitivo y espiritual― gracias a una conexión positiva física con la naturaleza.  Por supuesto que los nuevos estudios se concentran no tanto en lo que se pierde cuando desaparece la naturaleza sino en lo que se gana en presencia del mundo natural.

Los beneficios de estar expuestos a la naturaleza
Por ejemplo, estudios recientes sugieren que la exposición a la naturaleza puede mejorar la capacidad cognitiva y la resistencia a las tensiones negativas y la depresión de todos los niños (Kahn 1999; Wells and Evans 2003; Ulrico 1984; y Frumkin 2001).

  • Más de 100 estudios revelan que uno de los principales beneficios de pasar tiempo en la naturaleza es la disminución del estrés.
  • Psicólogos medioambientales revelaron en 2003 que una simple habitación con vistas a la naturaleza puede ayudar a proteger a los niños frente al estrés y que las consecuencias protectoras de tener la naturaleza cerca son mayores para niños más vulnerables: aquellos que experimentan los niveles más altos de eventos estresantes en la vida. 
  • Otros estudios indican que la naturaleza puede ser una terapia importante para trastornos tales como la obesidad y la depresión. 
  • Unos fascinantes estudios realizados recientemente por el Laboratorio de Investigaciones sobre las Relaciones Humanas con el Medio Ambiente de la Universidad de Illinois revelan que la exposición directa a la naturaleza alivia los síntomas de los trastornos de déficit de atención. En comparación, las actividades en espacios cerrados, tales como ver la televisión, o las actividades al aire libre en áreas urbanizadas y pavimentadas, tienen como resultado un peor funcionamiento de estos niños.  
  • Además, la evidencia anecdótica sugiere que la creatividad se estimula con experiencias infantiles en la naturaleza.  

Sin ninguna duda los campamentos, cuando se concentran lo suficiente en las experiencias en la naturaleza, aportan dichos beneficios a multitud de niños.  Estudios de programas educativos al aire libre diseñados para jóvenes problemáticos ―especialmente aquellos diagnosticados con problemas mentales― muestran un claro valor terapéutico.  Esto realmente es un redescubrimiento.  Los programas de los campamentos se han usado para facilitar el bienestar emocional desde principios de los años 1900.  Según un estudio, el incremento de la autoestima era más pronunciado entre los preadolescentes, pero era positivo en todas las edades.

En 1994-1995, la Encuesta Nacional sobre Recreación y Medio Ambiente llevó a cabo un estudio a nivel nacional de 17.216 americanos; un análisis de los datos en 2001 reveló que las personas con incapacidades indicaban niveles de participación en actividades de recreo al aire libre y aventura iguales o mayores que las personas sin incapacidades.  Otros estudios revelan que las personas con incapacidades participan en las actividades recreativas al aire libre más difíciles; buscan el riesgo, el reto y la aventura tanto como sus contemporáneos sin incapacidades (McAvoy 2001; Ewert and McAvoy 1987).

Todas las personas que viven o trabajan con niños necesitan conocer estos estudios y ser conscientes del creciente déficit de experiencias en la naturaleza y de las consecuencias que esto presenta para nuestra sociedad en general.  Remediar el vínculo roto entre los jóvenes y la naturaleza es en nuestro propio interés; no sólo porque lo exigen la estética o la justicia, sino también porque nuestra salud mental, física y espiritual dependen de ello.

Volver a conectar a los niños con la naturaleza
Mi llamamiento para reconectar a los niños con la naturaleza es también una invitación a proteger la naturaleza y cultivar la vida espiritual de niños y adultos, y en última instancia proteger el mundo natural poniendo a salvo un indicador de una especie en peligro (de extinción): el niño en la naturaleza.

Con esto no estoy sugiriendo que rescatemos la niñez de los años 1950.  Esa época ya pasó.  Pero, inspirados por una mayor comprensión de la importancia del juego en la naturaleza para el desarrollo sano de los niños y para su sentido de conexión con el mundo, podemos motivarnos para crear zonas seguras para la exploración de la naturaleza.

Podemos conservar los espacios abiertos de nuestras ciudades e incluso diseñar y construir nuevos tipos de comunidades usando los principios de urbanismo verde.  Podemos aportar experiencias a los salones de clase en la naturaleza y la terapia de la naturaleza a nuestro sistema de asistencia médica.  Como padres, abuelos, tías y tíos, podemos pasar más tiempo con los niños en la naturaleza.

Esto es un desafío, uno que destaca la importancia de los campamentos y de acampar.  Posiblemente ninguna otra institución tendrá tanta experiencia con la paradoja que subyace a esta discusión:  la tarea nada intuitiva pero esencial de organizar actividades con poca estructura en la naturaleza.

El inmenso valor de los programas educativos al aire libre es su concentración en los elementos que han unido desde siempre a los seres humanos:  la lluvia torrencial, los fuertes vientos, el sol abrasador, los bosques profundos y oscuros, y el respeto y asombro que nuestra tierra inspira, especialmente en los años formativos de los seres humanos.

No diluyan el mensaje de la "naturaleza"
Pero permítanme sugerir que la experiencia en la naturaleza que ofrecen los campamentos de nuestro país podría desaparecer si esos campamentos permiten que su misión se diluya, si intentan complacer a todo el mundo todo el tiempo.

Actualmente, los campamentos compiten con una serie de instituciones que ofrecen servicios no relacionados directamente con la naturaleza:  las clases de computación, clases prácticas para perder peso, seminarios de negocios y mucho más.  Estos son programas importantes y continuarán siéndolo indudablemente.  Pero los campamentos pueden desarrollar su mayor potencial de crecimiento ofreciendo a las familias lo que se ofrece en rara ocasión en otras partes: experiencias directas en la naturaleza.  Las posibilidades de expansión de este mercado crecerán a medida que los padres aprendan más sobre la relación entre las experiencias en la naturaleza y el desarrollo sano de los niños.

Como mencioné anteriormente, a menudo me han conmovido los testimonios de todas esas buenas personas que, año tras año, llevan a sus hijos a la naturaleza y la naturaleza a sus hijos.  Todos los niños merecen experimentar las cualidades curativas del mundo natural, sin embargo incluso en el condado de San Diego ―la región más diversa biológicamente hablando en Estados Unidos― demasiados niños no han estado nunca en las montañas o incluso en el mar.

"En mi primer trabajo de consejera, con otra organización, llevé a niños con SIDA que nunca había salido de sus vecindarios urbanos a las montañas", me contó la líder de Girl Scouts Narayan. "Una noche, una niña de nueve años me despertó.  Tenía que ir al baño.  Salimos de la tienda y miró hacia el cielo.  Se quedó boquiabierta y me agarró la pierna.  Nunca había visto las estrellas.  Esa noche, vi la magia de la naturaleza en un niño.  Esa niña se convirtió en otra persona".

"A partir de ese momento, veía todo, incluso las lagartijas camufladas que nadie podía ver.   Usaba sus sentidos.  Estaba despierta".

Dado el creciente déficit de la naturaleza, creo que ofrecer a los niños contacto directo con la naturaleza ―que se mojen los pies y se ensucien las manos de barro― debería ocupar el lugar principal en la lista de experiencias vitales de campamento, estimulando un renovado propósito.  Ya es hora de la reaparición de los campamentos en la naturaleza.

Adaptado, con permiso, de Last Child in the Woods: Saving Our Children From Nature-Deficit Disorder por Richard Louv.  Para obtener más información sobre el libro, visite www.richardlouv.com.  Publicado por primera vez en el número de enero/febrero de 2006 de la revista Camping Magazine con permiso de American Camp Association; copyright 2006 American Camping Association, Inc.

Referencias
Congressional Reports for the People. (2005). Missing and Exploited Children: Overview and Policy Concerns.  www.opencrs.com/docuemnt/RL31655.  Accedido el 5 de noviembre, 2005.
Ewert A. and McAvoy L. "The Effects of Wilderness Settings on Organized Groups," Therapeutic Recreation Journal 22:1 págs. 53-69.
Frumkin H. (2001). "Beyond Toxicity: Human Health and the Natural Environment," American Journal of Preventive Medicine. 234-240.
Kahn, P.H., Jr. (1999).  The Human Relationship with Nature. Cambridge, MA: MIT Press.
McAvoy L. (2001).  "Outdoors for Everyone: Opportunities That Include People With Disabilities," Parks and Recreation, National Recreation and Park Association 36:8 pág. 24.
The Henry J. Kaiser Family Foundation.  (2005). www.kfforg/entmedia/entmedia030905pkg.cfm. Accedido el 5 de noviembre, 2005.
Ulrich R.S. (1984). "Human Experiences with Architecture," Science.
Wells N. and Evans G. (2003).  "Nearby Nature: A buffer of Life Stress Among Rural Children," Environment and Behavior 35: 311-330.

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