Vuelta al principio: la perspectiva de una madre
“¿Grace?” Me arrodillé frente a ella. Me miró notando inmediatamente lo que le iba a decir. Se le nublaron los ojos. “Vamos a irnos ahora”.
“¿Qué? ¿Ahora?” Tenía cara de afligida. No habíamos hablado de cuándo íbamos a irnos.
“Sí. Después tendrás tu prueba de natación y comenzarás la tarde con tus amigas”.
Me abrazó y comenzó a llorar. Alcé la vista y me encontré con los ojos de mi marido y me indicó que debíamos irnos. Todavía arrodillada en el borde de la piscina, le di un beso en las mejillas húmedas y la miré fijamente a los ojos. “Grace. ¿Sabes qué?” Hice un esfuerzo para que no se notara la tristeza en mi voz. “Te apuesto cualquier cosa a que cuando volvamos a buscarte, vas a llorar porque no quieres irte”. Negó decididamente con la cabeza y los ojos cerrados. “Sí, ya verás. Ahora nos tenemos que ir. Te quiero, te voy a escribir y voy a regresar a buscarte antes de que te des cuenta. Te lo prometo”.
En ese momento me levanté, me di la vuelta y me alejé caminando. La despedida fue dura, pero me reconfortaba el hecho de que Grace y Julia eran compañeras de litera. Julia es la hija de mi mejor amiga del campamento, Jessica, del mismo campamento donde dejamos a nuestras hijas esa mañana. Y parecía por un lado como si fuera ayer, y por otro, como si fuera otra vida, cuando ella y yo éramos las que nos despedíamos de nuestros padres, caminábamos por el campo delante de la Casa Grande, sintiéndonos a la vez emocionadas y ansiosas. Por un millar de razones, la principal de ellas mi amistad de toda la vida con Jessica, soy una partidaria apasionada de la experiencia de campamento, y me sentí emocionada cuando Grace, a la edad de ocho años, quiso experimentarla por sí misma.
Mi padre siempre decía que cuando yo regresaba a casa del campamento había crecido “años” en las semanas que había pasado allí. Por lo tanto, estaba preparada para encontrar a una Grace transformada cuando volvimos a recogerla diez días después de nuestra triste despedida. Aparcamos en frente de la consabida cabaña y salí del auto saltando, emocionada de volver a ver a mi hija. Grace salió de la cabaña, rodeada de amigas, sin darse cuenta de que estábamos allí, y la observé durante un segundo mientras se reía rodeada de niñas que yo no había visto nunca. Se la veía completamente relajada y contentísima. También me dio mucha alegría ver a Julia a su lado. Y entonces, la llamé, se dio la vuelta y se le iluminó la cara al verme. Nuestra reunión fue feliz, pero mi predicción sobre que iba a llorar a la hora de volver a casa fue totalmente acertada. Dejar el campamento, a sus nuevas amigas, su cabaña y a los nuevos instructores le resultó difícil a Grace, y lloró intermitentemente durante todo el camino de vuelta a casa.
Debido a mi propia experiencia de campamento, consideré esto como una señal muy positiva. Varias personas comentaron que debía haberme hecho sentirme triste o rechazada ver que mi hija extrañaba tanto el campamento, y mi respuesta siempre fue la misma. “Al contrario”, señalé siempre, “me encantó”. Se lo había pasado de maravilla y habíamos tenido razón en mandarla.
Los primeros días después de volver a casa estuvieron repletos de un constante diluvio de historias, fragmentos de canciones y fotografías. Dejé que me arrollara con su feliz experiencia, sorprendida cuando ciertas cosas, sobre todo canciones, me resultaban conocidas de cuando yo estuve en el campamento. Había probado nuevas actividades: tiro con arco, vela, pintura de objetos de esmalte. No le fue bien ni le encantaron todas esas actividades, pero estaba contenta con todas las experiencias. Recordé que gran parte de lo que yo había aprendido en los campamentos fue a tener una actitud positiva de una forma u otra.
Más que ninguna habilidad concreta nueva o incluso historia de una experiencia feliz, lo que Grace trajo consigo del campamento fue una seguridad en sí misma indescriptible y difícil de precisar. Había ido a un campamento de varios días, nos habíamos despedido y le había encantado. Estaba envuelta en una halo de seguridad en sí misma que permeaba todo lo que hacía. Presenciar que esto le estaba ocurriendo a mi hija casi adolescente me produjo muchísima felicidad. Ahora ya no habla demasiado sobre el campamento puesto que está totalmente inmersa en el tercer grado, pero ya nos ha dicho que quiere ir para tres semanas y media el próximo verano.
Lindsey Mead vive en Cambridge, Massachusetts con su marido y sus dos hijos. De pequeña asistió a los campamentos Cod Sea Camps en Brewster, Massachusetts, durante nueve años, y el campamento todavía ocupa un lugar importante en su vida. Obtuvo una licenciatura en inglés de la Universidad de Princeton y una maestría en administración de empresas en la Universidad de Harvard. Se desempeña de consultora en una empresa de contratación de ejecutivos y también escribe un blog diario: A Design So Vast (link to: http://www.adesignsovast.com) (en inglés).
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