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Por Matthew Carroll
En el verano de 2008, decidí trabajar como instructor
en un campamento tradicional de verano estadounidense en
el norte del estado de Nueva York. Este viaje a Nueva York
comenzó como un viaje de falta de decisión
y meditación, pero enseguida se convirtió en
un viaje de descubrimiento. Acababa de finalizar mis estudios
en la universidad la semana anterior y no tenía ni
idea de lo que me esperaba en el futuro; pensé que
un par de meses de trabajo en un campamento me ayudarían
en mi empeño de evitar el mundo real. Precisamente
esta misión me hizo darme cuenta de algo, el campamento
no era el mundo real.
Me di cuenta el primer día de campamento cuando vi
que todo el mundo llevaba la misma ropa: camiseta blanca,
pantalones cortos, tenis o chancletas. Los niños llevaban
la misma ropa que los instructores; los instructores llevaban
la misma ropa que el personal de la cocina; y el personal
administrativo llevaba la misma ropa que los intructores
jefes. No se podía distinguir
entre los niños cuyos padres habían ahorrado durante meses para
enviar a sus hijos al campamento de aquellos que habían gastado lo que
sobraba del salario semanal.
Aquí todo el mundo era igual. Mientras los campistas
y los instructores estadounidenses recitaban el Juramento
a la Bandera el primer día, el
personal internacional observaba en silencio. Se respetaban y toleraban diferentes
fes y culturas. Para una persona proveniente de Irlanda del Norte como yo esto
no era simplemente una novedad, sino algo que me impresionó. Personas
de todo tipo de fe observaban la cultura judía con respeto, mientras que
en Irlanda del Norte, los cristianos se esfuerzan por tolerar las culturas de
otros cristianos.
El campamento era sobre las cosas fundamentales. Los teléfonos
móviles
estaban prohibidos; el acceso a Internet estaba limitado –incluso los ventiladores
eléctricos estaban prohibidos (como los niños no tenían
su propios ventiladores, para mantener la igualdad, los instructores tampoco).
Se ponía mucho énfasis en mantener el campamento limpio. Si una
persona veía basura en el suelo, la recogía y la ponía en
el basurero. Los niños tenían prohibido ver la televisión
excepto las “noches de película” especiales. Lo sorprendente
es que los niños no parecían extrañar estas cosas. Eliminar
la tecnología provocó conversaciones más francas entre amigos,
mejores relaciones y amistades improbables.
En los periodos de descanso, me sorprendía que el
campus principal estuviera totalmente abarrotado de partidos
de beisbol, baloncesto, tenis y otros juegos. Los niños
mayores jugaban con los niños pequeños; los
hermanos jugaban juntos; los chicos de veintiún años
desafiaban a los de ocho años a jugar al ajedrez… y
perdían. Los niños
podían jugar al aire libre en un ambiente seguro como se hacía
antes. Hoy, con tanta preocupación por el crimen, es muy difícil
para los padres dejar a los niños que salgan a jugar fuera después
del desayuno y que regresen después de la cena. Pero en los campamentos
los niños están seguros.
Todo el mundo se conoce y confía en los demás.
En los campamentos no hay cerraduras en las puertas. Los
niños y los consejeros dejan sus
iPods®, PSPs, libros y juguetes en sus literas vacías todo el día
y saben que esas cosas van a estar allí, exactamente donde las dejaron.
Este sentimiento de comunidad hizo que me enamorara de los
campamentos. En los campamentos, uno toma el desayuno,
el almuerzo y la cena junto con los compañeros
de su división, también conocido como su familia durante los dos
meses del campamento. Las horas de las comidas en el campamento son un momento
para conversar, gastar bromas, retos, juegos y algunas veces para cantar. Los
campistas y el personal del campamento se sienten completamente relajados, y
no existe el sentido del ridículo a la hora de hacer algo para entretener
a los demás.
Así pues, ¿qué podemos aprender de
los campamentos? En pocas palabras, dejar que los niños
sean niños. Deberíamos mandar
a los niños a los campamentos para permitirles que hagan ejercicio y respiren
aire puro tan necesario para el crecimiento. Los campamentos permiten a los niños
pasar tiempo con sus amigos y adquirir normas de comportamiento tan necesarias,
en vez de estar sentados en frente de la televisión. Las personas adultas
también aprenden que el trabajo no tiene que ser trabajo, también
puede ser diversión. Los campamentos me han enseñado que aunque
la tecnología nos ha abierto las puertas a numerosas posibilidades, también
nos puede atrapar.
Cualquier persona que haya trabajado en un campamento estará de
acuerdo con que uno no entiende los campamentos sin haberlos
probado. Sin haberlo probado, yo no habría aprendido
tanto.
Matthew Carroll tiene veintitrés años y es de
Coleraine, Irlanda del Norte. Obtuvo su licenciatura en francés
y alemán de la universidad Queen’s University
Belfast. En el pasado ha trabajado y estudiado en Francia,
Alemania y los Estados Unidos. Su trabajo más reciente
fue como líder de división en el campamento
Camp Scatico en Elizaville, Nueva York.
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